Londres.
Pasar de los Estados al Reino de la dichosa Unión fue interesante. Me suelo clavar en los contrastes entre el nuevo y el viejo mundo y en gran parte es por eso que voy a estudiar esto que voy a estudiar (luego les explico).
El reencuentro con mi tío fue fantástico y extremadamente agitado, de hecho itinerando con inclinación acentuada hacia el horror vacui. No dormí en aproximadamente una semana. Tenía miedo de que me negaran el ingreso en la aduana (por complejos nacionales con los que tengo que trabajar psicológicamente), pero no fue así. La oficial me preguntó algunas cosas con respecto a mi peculiar acento (puesto que en composición disonante en torno a mi aspecto y pasaporte suele confundir al enemigo), estampó mi libretita y me deseó muy buena suerte en mis estudios próximos. Leve la nieve. No me molesta no tener pasaporte europeo, lo que me molesta es que por sólo tener el mexicano a uno le sea más complicado el trasladarse por fronteras inventadas.
Lo bonito del asunto, narrativamente hablando, es que mi tío (a mi edad, hace ya unos años) estudió la maestría igual acá en el Reino Unido, lo cual provocó una serie de paralelismos entre el tiempo y el espacio de ambos que desenvolvimos a manera de conversaciones arborescentes conforme a una infinidad de temas y contextos (a final de cuentas desde y hacia nosotros mismos), reflejándonos uno sobre el otro como en un espejo de agua movediza. Fue como vivir una regresión ajena pero apropiada.
Nos divertimos como enanos y decir que me consintió bastante es poco, pero no puedo quejarme en lo absoluto, puesto que no se me hubiera ocurrido una mejor introducción a este apartado que se sugiere como un sutil preludio sobre lo que sucederá en este par de años.
Pasar de los Estados al Reino de la dichosa Unión fue interesante. Me suelo clavar en los contrastes entre el nuevo y el viejo mundo y en gran parte es por eso que voy a estudiar esto que voy a estudiar (luego les explico).
El reencuentro con mi tío fue fantástico y extremadamente agitado, de hecho itinerando con inclinación acentuada hacia el horror vacui. No dormí en aproximadamente una semana. Tenía miedo de que me negaran el ingreso en la aduana (por complejos nacionales con los que tengo que trabajar psicológicamente), pero no fue así. La oficial me preguntó algunas cosas con respecto a mi peculiar acento (puesto que en composición disonante en torno a mi aspecto y pasaporte suele confundir al enemigo), estampó mi libretita y me deseó muy buena suerte en mis estudios próximos. Leve la nieve. No me molesta no tener pasaporte europeo, lo que me molesta es que por sólo tener el mexicano a uno le sea más complicado el trasladarse por fronteras inventadas.
Lo bonito del asunto, narrativamente hablando, es que mi tío (a mi edad, hace ya unos años) estudió la maestría igual acá en el Reino Unido, lo cual provocó una serie de paralelismos entre el tiempo y el espacio de ambos que desenvolvimos a manera de conversaciones arborescentes conforme a una infinidad de temas y contextos (a final de cuentas desde y hacia nosotros mismos), reflejándonos uno sobre el otro como en un espejo de agua movediza. Fue como vivir una regresión ajena pero apropiada.
Nos divertimos como enanos y decir que me consintió bastante es poco, pero no puedo quejarme en lo absoluto, puesto que no se me hubiera ocurrido una mejor introducción a este apartado que se sugiere como un sutil preludio sobre lo que sucederá en este par de años.
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