Aún tengo en las manos esas marcas
de guerra.
De la tuya.
De la mía.
Incluso de la suya.
Parece absurdo que las hubiera
olvidado, pero fue apenas ayer que la izquierda volteó a verme indignada con la
intensidad de 15 soles.
Diminutos.
Diminutos.
Deslumbrada volteé hacia la otra y
me grito -te quiero- desafiando el hastío.
Bajo ese techo de vacío infinito,
aún me sorprende haber sentido tanta luz.
Entonces nos lanzamos los
punzones a los pulpejos y nos mezclamos
las entrañas hasta la hermandad.
El calor encendía el escozor
exquisito.
Por supuesto.
Era eso.
Irresistible
incandescencia.
Antes de incidir con
los 14 triunfos derechos sobre los 15 trofeos izquierdos
(porque siempre gano más de lo que merezco),
escuché tu voz contradecirse a gritos mientras apagaba su propio incendio.
Me reí sola como una loca.
Descubrí que el aire me elevaba como un globo de Cantoya y pensé: entre tantas alas, es un crimen mantenerse de pie.
(porque siempre gano más de lo que merezco),
escuché tu voz contradecirse a gritos mientras apagaba su propio incendio.
Me reí sola como una loca.
Descubrí que el aire me elevaba como un globo de Cantoya y pensé: entre tantas alas, es un crimen mantenerse de pie.
No pude. Por
supuesto que no pude contener el hambre que sentían mis uñas.
¿Lo hubieras hecho
tú?
Y me entraron unas
ganas necias de contarte, pero la vida me tapó los ojos.
Desperté hoy con 15
soles mirándome de frente y 14 estrellas clavadas en el corazón.
Casi me ahogo.
Las marcas de guerra
están desapareciendo, así que me pareció justo rendirles homenaje en estos
minutos de casiadiós.

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