viernes, 20 de febrero de 2015

Après le tournage (paréntesis catártico)


Hoy viajé en una rebanada de pan con mantequilla y mermelada de arándano de vuelta a la cocina en Travesa Pastoriza, en la bella barcaza arquitectónica que sostiene el laberintismo pseudo urbano de Compostela.
Siempre que desayuno algo que pertenece al hábito ajeno, me convierto momentáneamente en esa persona y mi percepción de la realidad adquiere nuevo plumaje cromático, es genial, pero esto es un fenómeno que sólo ocurre por las mañanas.

Te quería escribir y lo hago así, con las manos llenas de fruta desmembrada y con la tripa interna bañada y absorbida en el líquido más corrosivo que produce, ésta, la dESCONo(D)cIDA glándula del desasosiego. Ese miedo es el que surge para salvaguardarme ante lo inmóvil, ante el silencio de blancos cuerdos que se fuerza a sí mismo como partícipe activo dentro del delirio esquizofrénico de mi pintura. Hoy me encuentro rendida después de una batalla con el insomnio de algodón que me abraza a cuenta gotas, y de cuya fidelidad no soy digna. Cuya fidelidad me genera asco y me quema el vientre con la punta encendida de un cigarro torcido.
Pero lo duro, así, no siempre es desagradable. Lo duro agiliza el sentido de este porvenir envolvente que nos regala un segundo, un paréntesis de apreciación desorbitada contra el sublime que traemos embotellado dentro cada uno de nosotros. Somos seres subyugados al reino orgánico de la entropía disfrazada de un tipo de juicio que, vertido en plomo, nos impide ver el infinito del otro al que tanto reverenciamos sin saberlo.

Me hubiera encantado verte cantar junto con todas esas estrafalarias individualidades, desenvuelta en papiros sonoros de frenesí y fausse note; entre el cráneo partido a la mitad y el acordeón con los dientes de fuera. No había ningún espectador, sino una masa amorfa de psiques dis/ex/tendidas a lo largo del alfombrado compuesto por mosaicos de sangre vieja, según la máxima del juego. 

Así fue como llegué a conocer el mito original que forjó a la humanidad entera, el que aconteció tras un estornudo catastrófico de cabellos de hidrógeno enredado, de helio y de terror marítimo.

Estás atrapada en un suprematismo climático, pero no te dejes manipular por la impresión primera. No caigas en la aporía bífida que tanto derrama las bocas de tus consanguíneos. Mejor piérdete en la soledad tangencial que rige el soberano ubicuo de tu aislamiento americano. Nácete del ojo terrible que surge de esa majestuosidad que te vomita, a manera de ofrenda invertida. Vuélvete hacia y desde ti, ante el más acaudalado e inexorable de los monocromos absolutos. 

Li(e)bre de Beuys.