La desilusión es curiosa. Intentamos aprender a vivir con ella pero me parece que nunca lo logramos. Uno piensa superar el sentimiento, lograr una cierta madurez y comprensión de que no podemos controlar lo que el destino nos depara. Podemos controlar ciertos aspectos, cierto, pero aún éstos quedan predeterminados por tantas otras variables que al final, ¿qué controlamos? Y al percatarnos de esta pregunta, de esta certeza, caemos en la cuenta de que las ilusiones deben de quedar en el marco de lo realizable.
Pero esto no sucede.
Detrás de esta certeza, de esta comprensión, queda un impulso incontrolable de soñar, de creer que esta vez será distinto, de crear, de imaginar. Entonces entra la desilusión; al tener que enfrentar la distancia entre realidad y sueño, que al final sucedió lo que sabías que iba a suceder. Pero ambas, la ilusión y la desilusión son engañosas, nos enganchan como una buena película de suspenso, y de todos aquellos sueños e ilusiones dejan que una o dos se cumplan. Así, cuando vuelve a surgir una esperanza, aún con la certeza de alguna desilusión, la tomamos.
Al final, ¿se sigue soñando?
-Trochilidae
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